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¿Sabes cómo se descubrió el primer planeta que giraba alrededor de una estrella distinta del Sol?

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Nuestra estrella, el Sol, está acompañada por una procesión de planetas.

Estamos en uno de ellos, la Tierra, y desde su superficie podemos observar en el cielo los demás planetas del sistema solar.

El cielo nocturno también está lleno de miles de estrellas, cuyas posiciones fijas entre sí forman constelaciones.

A partir de nuestras observaciones del cielo, comprendimos que la Tierra y los demás planetas eran esferas frías que orbitaban alrededor del Sol, mucho más grande y caliente.

También comprendimos que el Sol era una estrella similar a las demás; simplemente su mayor proximidad es lo que hace que nos parezca muy brillante en comparación con las otras estrellas que están considerablemente más lejos y, por tanto, parecen mucho menos luminosas.

Dado que el Sol es una estrella como las demás, surge naturalmente una pregunta: ¿las demás estrellas también tienen planetas en su órbita?

Y si existen, ¿tienen estos exoplanetas o planetas extrasolares características similares a las de los planetas del sistema solar, o son muy diferentes?

¿Son estos posibles planetas extrasolares muy abundantes, o son raros, con solo unas pocas estrellas que los albergan?

Y por último, si algunos exoplanetas son similares a la Tierra, ¿han experimentado la aparición y el desarrollo de formas de vida en sus superficies?

Como podemos ver, estas cuestiones son de gran alcance, desde el punto de vista científico, filosófico y social.

Preguntarlas y tratar de responderlas es también una fuente de muchas emociones.

El problema de la unicidad de nuestro universo o de la pluralidad de mundos ha sido abordado regularmente, desde la Antigüedad y a lo largo de la historia.

A partir de la revolución copernicana del heliocentrismo, en el siglo XVI, se entendió que los planetas del sistema solar eran estrellas similares a la Tierra y, por tanto, susceptibles de constituir nuevos mundos.

Giordano Bruno llegó a afirmar la existencia de exoplanetas alrededor de otras estrellas, que además estaban habitados.

En el siglo XVII, sobre todo con Johannes Kepler e Isaac Newton, el conocimiento estaba maduro para un enfoque verdaderamente científico de la cuestión de los exoplanetas: si realmente existen, ahora sabemos más o menos cuál debe ser su movimiento alrededor de sus estrellas anfitrionas.

De hecho, pocos astrónomos han dudado de su existencia desde entonces; puesto que el Sol está acompañado de un sistema planetario, parece razonable suponer que muchas, si no todas, las demás estrellas también lo están.

Los exoplanetas acabarían siendo detectados.

Pero tal observación es ardua y desafiante, y estuvo fuera del alcance de los telescopios durante siglos. Como los posibles exoplanetas son más pequeños y mucho menos masivos que sus estrellas anfitrionas, sus efectos sobre estas son tenues.

Y obtener una imagen directa de un exoplaneta junto a su estrella sería como fotografiar con éxito un ave marina volando alrededor de un faro a varios miles de kilómetros de distancia.

Con la mejora de los instrumentos astronómicos, no fue hasta finales del siglo XX cuando se emprendieron programas que tenían posibilidades de detectarlos, pero estos no tuvieron éxito durante mucho tiempo por la dificultad de la tarea.

El primer exoplaneta fue detectado a mediados de los años 90 por los astrónomos suizos Michel Mayor y Didier Queloz en el Observatorio de Alta Provenza (Francia).

Utilizando y perfeccionando el llamado método de la velocidad radial, obtuvieron este resultado midiendo con gran precisión el movimiento de una estrella e interpretando sus ligeras variaciones periódicas como causadas por la presencia de un planeta.

BBC News Español