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Vender el cabello en la frontera, la alternativa de mujeres venezolanas para salir del país

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“Yo iba a viajar a Perú en autobús y solo tenía los 140 dólares del pasaje. Llevaba pan y galletas, pero me recomendaron que no me fuese sin dinero porque esos viajes son por días y si se me acababa lo que tenía para alimentarme, la iba a pasar mal. Me fui a La Parada –en el lado colombiano de la frontera- y vendí el cabello sin miedo”, dice mientras se toca los 95 centímetros de cabello que tiene actualmente.

Para Sonia Méndez, de 53 años, vender su cabello es algo que ya ha hecho y que espera volver hacer mientras pueda. Desde que se enteró que podía recibir dinero si dejaba que le cortaran el pelo, no lo dudó y viajó de inmediato a la frontera con Colombia. En 2018 fue la primera vez que lo hizo y asegura que fue la mejor decisión para completar el dinero y llegar a Perú por unos meses.

En ese momento, en 2018, le pagaron por el cabello 140 mil pesos colombianos, equivalentes en ese entonces a 38 dólares. Con el pago, Sonia emprendió su viaje y garantizó la alimentación, hidratación y tener dinero para el transporte desde el terminal hasta la vivienda de la amiga donde se quedaría en Perú.

Expectativa de la primera vez

Teresa Campos* se prepara mentalmente para vender su cabello. A diferencia de Sonia, no lo ve como algo normal o fácil, sino como un sacrificio porque ama su larga cabellera y si no tuviese la necesidad de venderlo, no lo haría.Tiene 23 años y a finales de noviembre irá a Cúcuta, Colombia, a ofrecer su cabello. Tiene la certeza de que mientras más cerca de Navidad vaya, recibirá mejor remuneración. Aunque no sabe cuánto le pagarán, espera que mínimo sean 30 dólares en su equivalente en pesos colombianos.  

“Yo amo mi pelo largo. No tengo un cuidado especial porque no tengo dinero para comprar tratamientos ni nada de eso, pero como lo tengo grasoso, acostumbro a echarme jabón azul, el que se usa para lavar ropa, y así controlar lo brillante que se me pone. Pero a mí me han dicho que no importa que el cabello tenga grasa porque me van a cortar son mechones y ya, no importa la raíz”, precisa la joven.

Siente un poco de tristeza por tener que vender su cabello, pero cualquier ingreso que le permita hacer mercado es necesario. Su abuela y su mamá reciben pensión por vejez que no les alcanza para cubrir sus necesidades. Ella trabaja de cajera en un supermercado en el que le pagan 250 mil pesos mensuales, es decir, 70 dólares, pero gasta 50 en el pago del alquiler de la habitación en la que viven las tres.

“Yo no lo quiero vender, a mí me gusta mucho mi pelo largo, pero también me repito una y otra vez que va a crecer, y es verdad. Mi abuela dice que eche cebolla en el champú y me haga mascarillas de huevo porque eso lo hace crecer. Vamos a ver, creo que puede funcionar”, dice esperanzada.

Teresa nunca ha viajado a la frontera con Colombia. Con la venta de productos colombianos en Táchira, no le hace falta, y cuando ha sido necesario, su mamá es quien ha ido. No sabe dónde lo venderá, pero según lo que ha preguntado, al cruzar el puente internacional Simón Bolívar encontrará comprador.

Teresa siente un poco de tristeza por tener que vender su cabello, pero cualquier ingreso que le permita hacer mercado es necesario.Su abuela y su mamá reciben pensión por vejez que no les alcanza para cubrir sus necesidades

Una decisión difícil

De acuerdo con Adriana Pérez, psicóloga, la venta de cabello no es una práctica fácil para cualquier persona. La necesidad económica es la protagonista en este tipo de casos y es el reflejo de la crisis que se sigue viviendo en Venezuela. 

“No es fácil desprenderse de algo que es tuyo, que forma parte de ti. Porque no es una franela que te deja de quedar y desechas. Estamos hablando de algo con lo que has vivido prácticamente toda tu vida. Hay mujeres que dicen que para cerrar ciclos se cortan el cabello, pero esa es una decisión firme y personal, no una necesidad”, indica Pérez.

Considera que la conexión del cabello y las emociones es fuerte y de allí se pueden desencadenar sentimientos de tristeza intensos cuando se toma la decisión de cortarlo, por la razón que sea, sin querer hacerlo realmente.

“Estamos hablando de tener que acostumbrarte a verte de manera distinta, a pararte frente al espejo y encontrar a una persona que no estás acostumbrada a ver. A que en muchas oportunidades no te reconozcas por el cambio radical que debiste hacer”, precisó.

Aunque entiende que en el contexto de crisis que se vive en Venezuela, hay mujeres que recurren a estas prácticas para sobrevivir, recomienda que antes, durante y después se recurra a la ayuda de especialistas para que la tristeza o frustración sea canalizada y entendida de manera adecuada y no se convierta en problema de salud mental día a día.

Hombres y mujeres reciben ofertas 

“Se compra cabello, se compra cabello”, dicen voces que resaltan entre la bulla habitual en la frontera entre Venezuela y Colombia. Aunque el paso de personas no es el común debido a la pandemia por Covid-19, la oferta de compra de cabelleras se mantiene vigente.

Después del ofrecimiento, viene la explicación de quienes se dedican a este negocio. “No se nota, eso es rápido. Te quitan el volumen si no quieres tener el pelo corto. Unos hilos de cabello y ya. Te pagan dependiendo de cuánto te dejes cortar”, dice un hombre, con acento venezolano, en el lado colombiano del puente internacional Simón Bolívar, que separa al estado Táchira del Departamento del Norte de Santander.

Este ofrecimiento es general para todos quienes cruzan, hombres y mujeres. En el caso de Carlos Santander*, un hombre con el cabello largo hasta los hombros, también ha recibido ofrecimientos para que venda su cabello.

“Yo cruzo mucho a Cúcuta porque trabajo por internet y debo buscar el pago allá. Cruzo por trocha y allí igual están las personas diciendo que compran cabello. Yo no lo vendo, yo lo tengo largo porque me gusta, es mi estilo, me siento rockero”, dice entre risas.

En su negativa de vender el cabello resalta que mensualmente tiene ingresos suficientes para vivir él solo y, además, asegura amar demasiado su melena. Para él, no sería fácil emocionalmente cortarlo para venderlo.

Nueva Prensa