Por: Francisco Delascio Chitty
El vocablo onomatopoyético en estas líneas, no se refiere a la canción de mal de amores “currucucú paloma” del compositor y cantante mexicano Tomás Méndez (1926-1995), sino al nombre popular de una de las cinco especies de currucucúes en nuestro país, el Megascops choliba, conocido también como currucutú, búho chillón, orejudo, lechucita, muriquita o autillo.
El nombre de Megascops proviene del griego “megas”, grande y “skopús”, búho, ya que son grandes dentro de su grupo; y choliba, es palabra aragonesa (Aragón, España) que se utilizó para el autillo europeo. En Venezuela se localiza tanto en las inmediaciones de centros poblados como en alrededores de páramos andinos, bosques basales y cimas de los tepúyeses, pastizales, sectores del litoral caribeño, Zulia, Falcón, Anzoátegui y Nueva Esparta.
El currucucú tiene una longitud de 25 cm; plumaje abundante y suave de color gris pardo-marrón con manchas y pintas leonadas, las coberturas de las alas tienen puntas blancas, la cola banda de color canela y las plumas que conforman el disco facial son rojizas suave con bordes oscuros y líneas trasversales grisáceas. De igual color, también son las plumillas o penachos erectos que coronan su cabeza formando así unas especies de orejas.

El pico fuerte y curvo esta parcialmente oculto por las plumas; los ojos rígidos de grandes córneas y redondos cristalinos no brillan con el reflejo de la luz, es decir no dan candil. Para compensar la inmovilidad de sus ojos, pueden girar su cabeza sobre el cuello inmóvil sin que el ave mueva el resto del cuerpo. La alimentación de ellos, se basa en coleópteros terrestres, mariposas nocturnas, otros insectos alados, que caza en vuelo y pequeños vertebrados; los cuales una vez capturados no los descuartiza sino los engulle enteros; y gracias, a un complejo sistema digestivo el material no digerido es compactado en forma de una bola de huesos, pelos y caparazones quitinosos, que luego es regurgitado.
Por lo general son monógamos y territoriales; no construyen nidos y sus blancos huevos (2-6), los depositan en trocos huecos y en las oquedades de infraestructuras derruidas; al nacer los pichones son cuidados por ambos padres. Su subgéneros y grave canto en el silencio de la noche se deja oír desconcentrando al hombre, despertándole admiración, recelo y temor a muchos, considerándolo un ave de malagüero, de presagio maligno, un alma que llora por amores perdidos y otras zonceras más; olvidando o ignorando, que ellos son controladores biológicos de muchas plagas y contribuyen al equilibrio de ecosistemas naturales y artificiales de nuestro alrededor.



