Por: Francisco Delascio Chitty
No solo los símbolos patrios constituyen emblemas, sino también un árbol, en cuanto a portadores de una especificidad regional o local, emanando una gran simbología. Un emblema florístico o faunístico posee una función vinculante, afianzadora de nacionalidad o regionalidad, siempre y cuando se desarrolle y mantenga el interés educativo de difusión, concientización y de ese sentir popular. Aunado a ello, está la acción de los gobernantes locales para hacer respetar y conservar los árboles de sus ciudades mediante alguna figura jurídica que les permita a los mismos cumplir su tiempo de vida en esta temporalidad espacial.
En Ciudad Bolívar existen árboles que, por su notable naturaleza arquitectónica, constituyen verdaderos símbolos, emblemas, iconos, que en mayor o menor grado están silentemente consustanciados con la población. Y uno de ellos es la CEIBA, que, con su esbeltez, abundancia y su desarrollo tanto en plazas, parques, avenidas y sectores ruderales, constituye un elemento sui generis del paisaje angosturense. Las Ceibas (Ceiba pentandra), cual centinelas silenciosas, no solo dentro de Ciudad Bolívar, sino también en diferentes localidades, tanto del país como de otras latitudes, son portadoras de toda una carga de reminiscencias culturales, que reúnen la estirpe de lo grande, lo bello, lo mitológico y lo apoteósico de la arquitectura vegetal.
Pues, ellas son templos que hacen honor a la vida y a muchos otros árboles caídos o agonizantes, en una lúgubre lucha donde ellas, sin saber por qué, son mutiladas y vejadas por un ejército “ateísta” cuyas banderas flamean en aras de un desarrollo irracional, basado en el aniquilamiento de nuestra naturaleza. Triste y desgraciadamente, ese proceso es de larga data. Ya Andrés Bello (1826) en la Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida escribió: “…gime el ceibo anciano, /que a numerosas tropas /largo tiempo fatiga: Batido de cien hachas se estremece, /estalla al fin, y se rinde la ancha copa” … La ceiba, ha estado presente en el devenir histórico de muchas ciudades, pues, según era costumbre, cuando se iba a fundar un pueblo, se escogía un gran árbol como hito del nuevo asentamiento.

Por esta razón, ciudades y puertos fluviales o lacustres, tanto del exterior como de Venezuela, llevan el nombre de Ceiba. De acuerdo a una versión, el génesis de los mayas (civilización mesoamericana), como pueblo, comienza cuando de un ceibo brota el primer hombre. Cuenta una leyenda que, bajo una Ceiba, Hernán Cortés (1484-1547), en su “Noche triste”, lloró su derrota contra los aztecas, en Tocoba-México (1520). Más tarde, en 1525, ese mismo conquistador ahorcó en las ramas de una Ceiba a los reyes, príncipes y nobles de la antigua provincia de Acalán (Honduras).
También está escrito que Juan de Carvajal (1511-1546) usurpó en Coro (estado Falcón) la autoridad de Felipe de Hutten, del grupo de los Welser (teniente gobernador general de Coro), y degolló a él y a otros alemanes. Luego de ese acto, el Licenciado Juan Navarro, oidor por la Real Audiencia de Santo Domingo, lo condenó y lo mandó ahorcar en la Ceiba de la Plaza Mayor del Tocuyo (estado Lara 17-09-1546), la cual pronto se secó. Según algunos yanomamis, de la Ceiba (Wari ke nahi), nacieron los “pokoxi”, peces caribes y otros más (com. pers., 1987 en el Alto Siapa, Amazonas-Venezuela).




