En el corazón de la Semana Santa, el Jueves Santo se erige como el pórtico del Triduo Pascual, marcando una jornada de contrastes profundos que transitan desde la intimidad del Cenáculo hasta la angustia del Monte de los Olivos. Millones de fieles en todo el mundo conmemoran hoy los gestos que, según la tradición cristiana, cambiaron el curso de la historia.
La celebración comenzó al atardecer en una sala de Jerusalén, donde lo que originalmente era la cena de la Pascua judía (Pésaj), se transformó en el escenario de la despedida de Jesús de Nazaret. Historiadores y teólogos destacan la potencia simbólica de este encuentro, donde Jesús realizó dos actos revolucionarios:
El Lavatorio de los Pies: Desafiando las jerarquías sociales, el Maestro asumió la tarea propia de un esclavo. Con este gesto, estableció el «Mandamiento Nuevo»: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”, redefiniendo la autoridad como una forma de servicio absoluto.
La Institución de la Eucaristía: Al partir el pan y bendecir el vino, Jesús anticipó el sacrificio que tendría lugar al día siguiente, entregándose a sí mismo según el dogma que sostiene la fe católica.
»La noche del Jueves Santo es el momento donde la autoridad se convierte en servicio y el pan en un compromiso eterno».
De la intimidad a la agonía en Getsemaní
Tras la cena, la narrativa se traslada al Huerto de Getsemaní, donde la figura de Jesús muestra su faceta más humana y vulnerable. Bajo la sombra de los olivos milenarios, los textos describen «la agonía»: un enfrentamiento espiritual con el miedo a la muerte y la aceptación final de su destino.
La jornada concluye en una oscuridad simbólica. Tras la traición de Judas y el posterior arresto, comienza el proceso judicial que desembocará en el Calvario. Esta es una noche de vigilia mundial, de «velar y orar» mientras la cristiandad aguarda el desenlace del Viernes Santo.
Con información de agencias



