Por: Abg. Francisco Ordaz
En el juego de la geopolítica, a veces los anuncios van mucho más rápido que la realidad. Se ha dicho que Guayana es la salvación tecnológica de Occidente por sus tierras raras, pero la verdad es que hoy Venezuela es un misterio geológico antes que una potencia real.
En los últimos años ha ganado fuerza una narrativa seductora: Guayana como nuevo eje de la autonomía tecnológica global. La idea de que bajo el suelo del Macizo Guayanés se encuentran los minerales que definirán el poder del siglo XXI resulta poderosa. Pero cuando ese planteamiento se contrasta con datos verificables, la emoción empieza a irse.
Es cierto, en la región existen indicios de minerales estratégicos. Se ha documentado la presencia de coltán y se mencionan posibles tierras raras como neodimio y praseodimio. Estos elementos permiten fabricar imanes de alta potencia que hacen posible desde motores eléctricos y turbinas eólicas hasta sistemas de guiado de misiles, radares, satélites y dispositivos vinculados a la inteligencia artificial. En otras palabras, están en el corazón de la tecnología moderna y de la capacidad militar de precisión.
Sin embargo, esa afirmación tropieza con una limitación clave: no existen reservas certificadas ni estudios recientes que permitan dimensionar su magnitud real. La base geológica sobre la que se construye este discurso es, en gran medida, incompleta.
También es verdad que su importancia tecnológica es indiscutible. Pero eso no convierte automáticamente a Venezuela en un actor relevante. La diferencia entre tener recursos y tener poder radica en la capacidad de explotarlos, procesarlos y transformarlos en valor estratégico y ese es un terreno donde el país está en pañales.
Mientras tanto, el dominio global de esta cadena sigue concentrado en China, que no solo extrae, sino que controla el procesamiento. Allí es donde realmente se define la influencia. En contraste, Venezuela permanece fuera de esa dinámica industrial.
El interés internacional por los recursos venezolanos existe, pero se concentra en sectores tradicionales como el petróleo, el gas y el oro. Las tierras raras, por ahora, no ocupan un lugar prioritario en esa agenda.
Presentar a Guayana como un eje estratégico activo resulta, en este momento, apresurado. No hay producción significativa ni infraestructura que sustente ese rol. Lo que sí existe es una riqueza potencial, todavía sin confirmar plenamente.
Guayana no es hoy el centro de una disputa global por tierras raras. Es, más bien, una posibilidad abierta. Y en geopolítica, las posibilidades cuentan poco si no se traducen en capacidades reales.



