La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha declarado formalmente una Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional (ESPII) ante el violento brote de virus del Ébola que azota a la República Democrática del Congo (RDC) y que ya ha comenzado a traspasar fronteras hacia la vecina Uganda. La rápida propagación de la enfermedad, sumada a su alta tasa de mortalidad, ha encendido las alarmas de las redes de salud pública a nivel global.
El epicentro de la epidemia se localiza en la zona sanitaria de Mongwalu, en la provincia de Ituri (RDC). Las autoridades sanitarias han confirmado que el brote está siendo causado por la cepa Bundibugyo, una variante del virus especialmente compleja, ya que actualmente no existen vacunas ni tratamientos médicos aprobados en el mercado para combatirla.
La gestión de la crisis en el continente africano se enfrenta a severas dificultades debido al complicado acceso geográfico a las zonas afectadas. Según los datos más recientes emitidos por los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de África (África CDC), el panorama es crítico:
Se reportan al menos 88 muertes probables causadas por el virus (87 en la RDC y una en Kampala, la capital de Uganda).
Se registran 336 casos sospechosos en territorio congoleño.
El director general de los África CDC, Jean Kaseya, alertó que «la verdadera magnitud de este brote» aún es desconocida. La falta de aislamiento inicial de los primeros pacientes y el constante movimiento de población a través de las fronteras sugieren que la cifra real de contagios podría ser significativamente mayor.
La alerta internacional se elevó de nivel tras confirmarse que un ciudadano congoleño de 59 años, quien posteriormente falleció, viajó en transporte público desde la RDC hasta Uganda sin ningún tipo de control ni medida sanitaria.
El ministro de Salud de la RDC, Samuel Roger Kamba, advirtió que la letalidad de esta variante es sumamente preocupante y «puede alcanzar el 50%» de los contagiados.
El virus del Ébola se transmite entre humanos a través del contacto directo con fluidos corporales o por la exposición a la sangre de personas infectadas (tanto vivas como fallecidas). La enfermedad se caracteriza por provocar:
Fiebres altas y debilidad intensa.
Hemorragias graves.
Un período de incubación que puede extenderse hasta los 21 días, lo que facilita que personas portadoras asintomáticas viajen sin saber que están enfermas.
Al no contar con herramientas de inmunización comercializadas para la cepa Bundibugyo, los países de la región dependen de manera exclusiva de las medidas preventivas, el rastreo de contactos y la respuesta comunitaria.
Ante este escenario de máxima gravedad, la Unión Africana (UA) y la OMS han diseñado e implementado un protocolo científico de urgencia.
La principal estrategia consiste en evaluar la «protección cruzada» mediante el uso de la vacuna Ervebo diseñada originalmente y eficaz contra la cepa Zaire. Los científicos buscan determinar si este fármaco puede ofrecer inmunidad contra la variante Bundibugyo, tras haber mostrado un 50% de eficacia en pruebas iniciales con primates.
Adicionalmente, las instituciones planean el despliegue inmediato de ensayos clínicos para evaluar cuatro terapias experimentales, entre las que se incluyen el anticuerpo monoclonal DP 134 y el antiviral Remdesivir. Las autoridades sanitarias trabajan a contrarreloj para contener el avance del virus y proteger a las comunidades, en una región cuya vulnerabilidad se ve agravada por la persistencia de conflictos armados.
Con información de agencias



