Por: Abg. Francisco Ordaz
Un smartphone necesita tierras raras extraídas en suelo chino y algoritmos creados en EE. UU. depender del enemigo para existir es, sin duda, la ironía más cruda del siglo XXI. Detrás de los apretones de manos en la cumbre de Pekín, se esconde un tablero donde las reglas ya no se escriben con tratados, sino con el monopolio de la cadena de suministros de tierras raras y el control de la IA.
El presidente chino no dio un discurso de bienvenida; lanzó un ultimátum envuelto en seda al invocar la trampa de Tucídides. El enfoque de Pekín es un manejo psicológico implacable: al advertir sobre el peligro de que una potencia establecida, que es EE. UU., ataque por miedo a la emergente (China), Xi Jinping le traslada la culpa histórica a Washington. El mensaje entre líneas es claro: si hay guerra, la culpa será de la paranoia estadounidense, no de la expansión china.
Para Trump, acorralado por una inflación interna galopante, provocada por la guerra con Irán incendiando el polvorín del Golfo Pérsico y el estrangulamiento del estrecho de Ormuz —recordemos, transita el 25% del petróleo mundial—, y con la popularidad de Trump en caída libre, la cumbre era una balsa de salvación comercial.
Llevó consigo a los principales CEOS ejecutivos de EE. UU. para calmar las aguas. Pero el pragmatismo corporativo choca de frente con la realidad geopolítica. China ha dejado claro que Taiwán es la línea roja que no se toca. Mientras la Casa Blanca sigue enviando cargamentos de armamento a Taipéi, China responde cerrando el grifo de los minerales críticos, bloqueando el desarrollo de la inteligencia artificial y los semiconductores en Occidente.
¿Y a mí qué? Se preguntará el ciudadano de a pie. La respuesta está en la factura de la luz, en el costo de sus alimentos, etcétera. La balanza comercial y el músculo financiero se inclinan hacia China, mientras el orden global deja de medirse en kilómetros de frontera y pasa a medirse en microchips y semiconductores. En este banquete de hipocresía diplomática, las cartas ya están echadas. ¿Quién salió verdaderamente ganador entre los dos titanes? ¿Estados Unidos caerá en la trampa de Tucídides y provocará la próxima gran guerra?.



