Las semillas de linaza, provenientes de la planta del lino, se han consolidado como un pilar fundamental en la nutrición moderna.
Gracias a su excepcional densidad nutricional, este pequeño grano ofrece una combinación única de fibra, ácidos grasos omega-3 y lignanos, elementos que actúan directamente en la prevención de diversas afecciones.
En primer lugar, el consumo regular de linaza destaca por su capacidad para proteger el sistema circulatorio. Debido a su alto contenido de ácido alfa-linolénico (ALA), estas semillas ayudan a reducir el colesterol «malo» (LDL), los triglicéridos y la presión arterial.
Por consiguiente, su integración en la dieta disminuye significativamente el riesgo de enfermedades cardíacas y mejora la función cerebral.
Por otro lado, su impacto en la salud digestiva es inmediato. La linaza combina fibra soluble e insoluble; mientras la primera regula el tránsito intestinal y la microbiota, la segunda aporta saciedad y combate el estreñimiento.
Además, portales especializados como Mejor con Salud señalan que el agua de linaza es una herramienta eficaz para regular los niveles de glucosa en sangre, y favorece especialmente a personas con diabetes.
Para aprovechar al máximo sus nutrientes, la Clínica Mayo sugiere consumir la semilla preferiblemente molida. Esta forma facilita la digestión y absorción de sus componentes, a diferencia de la semilla entera que puede pasar por el tracto digestivo sin procesarse.
Con información AP



