Por: Abg. Francisco Ordaz
Colombia ha elegido nuevo presidente y da un viraje drástico hacia la derecha extrema con el triunfo electoral de Abelardo de la Espriella, un abogado millonario sin recorrido en cargos públicos que capitalizó el descontento popular por el significativo repunte de la violencia armada en el gobierno de Gustavo Petro.
Este resultado partió al territorio neogranadino a la mitad, dejando un clima de alta polarización y sembrando dudas sobre la estabilidad social del país que ya lidia con presiones de violencia armada, económicas y migratorias. El cambio de mando no es un asunto menor para el venezolano de a pie ni para la dirigencia local; la reconfiguración del poder en Bogotá altera de inmediato la seguridad fronteriza, los intercambios comerciales y la dinámica de alianzas geopolíticas en la región.
El preconteo oficial otorgó a Espriella el 49,7% de los sufragios, superando apenas por un punto al izquierdista Iván Cepeda, quien ya anunció impugnaciones en miles de mesas. La campaña electoral estuvo empañada por quejas de fraude, suspensión temporal del cargo presidencial de Petro por maniobras técnicas de sus propios aliados del congreso, por financiamiento opaco y coacciones armadas.
El mandatario saliente deja una gestión cuestionada por los Estados Unidos, quien lo ha incluido en la lista de la OFAC (Oficina de Control de Activos Extranjeros) del Departamento del Tesoro por el repunte histórico en la producción de cocaína y lavado de activos. Frente a este panorama de violencia y acusaciones de narcotráfico, el líder electo ganó terreno prometiendo una receta drástica: construcción de megacárceles al estilo Bukele, fumigación masiva de cultivos ilícitos y bombardeos directos a campamentos insurgentes, sepultar la llamada «paz total» y ofrecer en extradición a Gustavo Petro a los EE. UU., atendiendo las acusaciones de narcotráfico del distrito judicial de Nueva York, así como recortar el gasto estatal un 40%, abrirle la puerta a la dolarización de la economía y al fracking para la explotación petrolera.
El respaldo de Donald Trump fue directo, garantizando apoyo militar de Washington al nuevo presidente colombiano; sin embargo, gobernar no será sencillo; sus reformas estructurales chocarán contra el freno de un aparato judicial autónomo y un Congreso donde carece de mayoría o bancada propia. De la Espriella se verá obligado a negociar y pactar acuerdos que le permitan instrumentalizar parte de sus promesas electorales o copiar el modelo de Bukele y gobernar por vía de decretos imponiendo mano dura institucional.
La llegada de este nuevo actor al palacio presidencial replantea las reglas del juego. Con un discurso nacionalista y la promesa de mano de hierro, el vecino país se alinea de frente con la Casa Blanca, aislando a los proyectos de izquierda en el continente. ¿Logrará el gobierno aplicar su terapia de choque militar y económico sin provocar un estallido social violento que afecte directamente la frontera colombo-venezolana?



